XXIV Concurso de Cuentos “Villa de Mazarrón”

 

-Antonio Segado de l'Olmo 2008

 

 

LAS HORMIGAS

 

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ LEÓN

 

PREMIO

 


 

El 11 de Julio de 2008,

el jurado del Concurso de Cuentos

Villa de Mazarrón - Antonio Segado del Olmo,

compuesto por Espido Freire, Soren Peñalver,

Rafael García Castillo, Pedro Soler Gómez,

Lola Gracia Martínez y José María López Ballesta,

otorgaron el Premio de la vigésimocuarta edición

al cuento titulado Las hormigas, de

Juan Carlos Fernández León.

 

 

Juan Carlos Fernández León nació en

Madrid. Estudió filología hispánica por la Universidad

Complutense de Madrid. Actualmente trabaja como

profesor de lengua y literatura en el Instituto de

Educación Secundaria Julio Caro Baroja de

Fuenlabrada (Madrid).

 

Es autor de numerosos relatos y colabora en

varias revistas literarias como El problema de Yorick y

Cuaderno Sie7e. También ha editado un libro de

cuentos titulado Tiempos de oferta.

 

En 2007 obtuvo el prestigioso Premio de

Cuentos Miguel de Unamuno y quedó finalista en el

de La Felguera y en el Ciudad de Villajoyosa. Así

mismo, tiene en su haber una veintena de premios de

cuentos de diferentes partes de la geografía

española.

 


 

LAS HORMIGAS

 

 

A veces me desvelo en la noche y creo que todavía está aquí, entre

nosotras. Es una inexplicable sensación de imaginarme su sombra sentada

en la mecedora, haciendo chirriar lentamente su balancín, donde leía sus

libros, cualquiera de esos tomos de antropología antigua que devoraba sin

contemplaciones, con las lentes en el precipicio de la nariz y con un gesto

entre lánguido y desdeñoso que le convertía en un ser refractario a la

mirada. Aún me parece que esté aquí, proyectando su particular aura de

leyenda, de príncipe desterrado, de poeta romántico. Le veo y soy incapaz

de no hablar de él.

 

Le conocimos casi por casualidad. Miriam y yo llevábamos

buscando desde hacía meses un compañero de piso que nos ayudara a

pagar el alquiler. A la casa le sobraba un cuarto y a nosotras nos faltaba

alguien con quien rellenar el silencio en que se había convertido nuestra

convivencia, nuestra relación duradera y eterna, nuestro pequeño y

modesto amor. Miriam fue siempre mucho más decidida que yo, cualquiera

de sus ideas las ponía inmediatamente en práctica. Me lo había dicho días

antes, he publicado un anuncio para alquilar la habitación. Creo que es

conveniente que nuestro compañero sea un hombre. Es parte de su

carácter, la concisión y esa estima férrea que la hace tan distinta a mí.

Amo de ella que tome las decisiones sin titubeos. Amo de ella el movimiento

tenue de su nariz cuando se sabe en posesión de la verdad.

 

Marcel fue el primer y único interesado en la habitación. El precio

era económico y el cuarto suntuoso así que creo que la ausencia de

solicitantes se debió a una cuestión de discordancia astral, a una de esas

dobleces del destino. Lo que es cruelmente verdadero es que nadie excepto

él llamara preguntando por las condiciones de alquiler. Absolutamente

nadie.

 

La página del tiempo obliga a retratar de manera ideal a nuestros

mártires. Hablo de un recio huracán que sacudió aquel día del encuentro el

ambiente atmosférico de la ciudad. Oí el crujido de un espejo, el ulular

cansino de una lengua de viento, el maullido terrorífico de un gato. No

utilizó el timbre de nuestra casa para advertirnos de su presencia,

le bastó con golpetear repetidamente la puerta con su puño.

Las ramas de los árboles forcejeaban en los aires. El graznido afónico de una alondra. Sus

primeras palabras fueron, lo siento me he confundido. Así entró en nuestras

vidas, tímido.

 

Nunca más le vi utilizar la capa que vestía el día que le conocimos.

Me llamo Marcelo, aunque prefiero que me llaméis Marcel, por Proust, el

escritor francés. Ignorancia y sorpresa. Ni Miriam ni yo solemos leer libros,

casi nadie de nuestro alrededor lee nunca, se decía que eran perniciosos

para la salud moral. Obedecemos las consignas que nos imponen, unos

más que otros, es cierto. Fue Miriam la que le dictó las condiciones de

nuestro alquiler. También le recordó las obligaciones que estaba

inventando en el momento. Yo aproveché para recorrer el cuerpo de Marcel

con la mirada, estudiándolo. Las primeras impresiones son las que cuentan

al final, me pareció lúgubre y descuidado, un viajante de las estrellas. Tal vez un forajido.

No protestó el precio, sacó un fajo de billetes y quiso pagar

por adelantado. Miriam le preguntó que a qué se dedicaba. Soy un

estudioso del paso del tiempo y necesito vuestra habitación para meditar,

para estudiar el porqué de muchas cosas. Sonreía mientras se presentaba.

Pocas veces volvimos a verle reír. Su piel era tan blanca que parecía

construido de leche. Ojeras cárdenas. Miriam enseguida le dio la mano en

señal de aceptación. Fuera empezó a llover con una furia desconocida, la

de los temporales inéditos. La casa estaba tan fría como el día anterior,

como lo estaría el día siguiente.

 

No quiso ver siquiera el cuarto que le correspondía. Dio un

respingo con la nariz, como si estuviera aspirando oxígeno, y acató

servilmente. Nos dijo que no era necesario firmar ningún contrato, cuando

os canséis de mí, me lo decís y me marcho. Tenía el pelo erizado de los

ángeles y un matiz de cordura en su carácter. Si le hubiera visto por la calle me hubiera fijado en él.

Entre la gente, entre millones de personas

anónimas. Me habría llamado la atención su silueta. Sus ojos. Eran manos

proclives a las caricias las suyas. Se llamaba Marcelo y usaba una barba

rala que nunca había cuidado. Yo le di mi nombre como el que desvela un

secreto, yo me llamo Estela, le confié. Señaló con su índice hacia arriba,

hacia el techo, señal que comprendí de inmediato. Si, Estela.

 

Esa noche Marcel no durmió en su nuevo cuarto y yo sentí un

miedo lívido al que no supe dar significado. Permanecí agarrada toda la

noche a la cintura de Miriam, un salvavidas de piel y de huesos. No

recuerdo si soñé. Nunca recuerdo si sueño. No tengo acceso a los

territorios de los sueños. Envidio a Miriam cuando me relata los suyos,

parecen presagios, historias anómalas. La envidio. Carezco de capacidad

de fabulación, carezco del carácter que da lugar a la dialéctica, me falta

nervio. Soy cristal, papel en la ventisca.

 

Muy temprano del día siguiente apareció Marcel con parte de su

equipaje. Digo parte porque en ese momento yo pensé que era parte de su

equipaje. Pero estaba equivocada. Solo eso era lo que poseía. Un

bargueño de madera descascarillada, un maletín de cuero, un baúl de

metal bruñido. No me interesa mucho la propiedad, esto es todo lo que

tengo. Respondió a nuestra pregunta sin mucho entusiasmo, pero rápido

como si la supiese de antemano. Marcel era silencioso en el andar y nunca

tropezó con un mueble. Nunca se sintió el centro de nada ni de nadie.

Pretendía estudiar el paso del tiempo y decidió encerrarse en nuestra casa

para constatarlo.

 

Hay muy poco que relatar de la estancia de Marcel en nuestra

casa. Más bien, yo creo que se dieron acontecimientos paralelos a él, no sé

si influidos por su presencia o verdaderamente casuales. Ahora es la

ocasión del análisis pero me sé insuficiente para lograr acercarme a

argumentos sólidos, a razones que iluminen el global de lo sucedido. He

de ser clara, lo sé, pero la noche apremia y me siento sola.

 

Lo afirmo. Las primeras semanas de convivencia con Marcel

fueron áridas en comunicación con él, pero lustrosas en sentimientos entre

nosotras. La relación entre Miriam y yo se reavivó, y nos amamos esa época

con el fuego de las ceremonias básicas. Nos excitaba, supongo, sentir a

Marcel en la habitación contigua, presentir su respiración entrecortada, el

silencio de sus reflexiones, el soniquete ligero del bolígrafo escribiendo en la hoja en blanco.

Abrí las puertas de mi cuerpo a Miriam y dejé que el

manantial de su fuerza me poseyera, como nunca, como siempre

habíamos deseado. Nuestros besos se fueron hundiendo en el rito y esto

los hizo profundos, auténticos, privilegiados.

Decoré su piel con mi saliva, mientras que nuestras manos encontraban nuestras mejillas, nuestros

pechos, el candor oculto de nuestros sexos.

Y gritamos. Saberlo a él allí, a nuestro lado, tan lejos y tan tremendamente próximo, nos impulsó a

susurrarnos, a decirnos a voces todo aquello que el maldito silencio nos

había arrebatado durante todo nuestro tiempo en común, el tiempo de

nuestro pequeño y modesto amor. Ahora acierto a decir que fue Marcel el

que nos excitaba, su invisible aroma de arrogancia, su tufo de hombre

independiente que ha decidido prescindir de todo lo superfluo. En las

apasionadas veladas eróticas lo que hacíamos era amarle a él, ahora lo

comprendo, avisarle de que su presencia no era perecedera ni oblicua.

Nuestros actos sexuales duraban por entonces lo que dura la solemnidad

de un paso fúnebre. Horas plenas. Me sentía roja de placer, advertía que

Miriam se sentía hinchada de satisfacción. Nos quisimos como nunca esos

días primerizos de Marcel en nuestra casa, Miriam y yo. El primer amor de

mi vida. Era previsible. El fogonazo amoroso se fue extinguiendo poco a

poco. Nunca nada dura eternamente, lo sé, es una regla estupenda de la

vida. El amor se fue haciendo escaso, como lo había sido regularmente,

como de paseo, de cariño. Creo que fueron dos los hechos que

carcomieron nuestro deseo. Las hormigas y la presencia de Marcel en el

salón. Ambos sucesos llovieron sobre nuestras brasas y las dejaron

exhaustas, temblorosas de raquitismo.

 

Estoy intentando remendar hechos al tapiz conjunto de la historia.

Soy incapaz de hilar más fino, el tiempo del relato queda difuminado, no lo

niego, pero también reconozco que a Marcel le hubiera gustado leer mis

palabras de este modo confuso, tal vez caótico, intemporal. Ignoro cuánto

del tiempo de los calendarios transcurrió desde que las hormigas

empezaron a aparecer. He llegado a la conclusión de que nada es fortuito,

de que cada hecho sigue unas líneas imaginarias que al final terminan por

configurar un crucigrama biográfico, un puzzle vital, la panorámica en

conjunto de nuestras vidas con bastante del pasado, bocetos tenues del

presente y escasamente nada del futuro. Traigo este razonamiento para

emparentar la aparición de las hormigas a la presencia de Marcel en el

salón, al definitivo abandono de su clausura. Hasta ese momento, Marcel

había salido escasamente de su cuarto. Compartíamos el baño y la cocina,

pero nunca lo sorprendimos por allí. Es de suponer que los utilizara en

momentos anodinos, buscando el sigilo de nuestra ausencia. No sabíamos

muy bien en qué ocupaba las horas, en qué labores invertía su silencio.

Comprendimos y aceptamos que sus comidas, una única ingesta diaria, se

celebrasen por la noche. Pero nos faltaba mucha lucidez para acertar en el

resto de nuestros pronósticos. Jugábamos a adivinar. Miriam apostó que

Marcel se trataba del último vampiro, una especie en extinción que debía

revitalizarse en secreto para que su clan no concluyera. Yo me aventuré

declarándolo un peregrino de las nubes, un ser de una raza soberbia que

resurge en las lloviznas y que por esa razón esperaba. Eran solo juegos de

entretenimiento, intentos de desvelar lo esencial de una naturaleza

herméticamente cerrada, inexpugnable a nuestro intelecto. La curiosidad

humana comienza en el punto exacto donde se erigen los límites, tras las

murallas. Eso fue lo que nos ocurrió, que descubrimos que un muro

inmenso vivía con nosotras, compartiendo nuestro espacio pero en

absoluto nuestras circunstancias.

 

En un principio concebimos la presencia de las hormigas como

una prueba de que la limpieza del hogar debía aceptar otros modales, que

quizás estábamos obligadas a tomarnos mucho más en serio lo relativo a

la higiene y era necesario aplicar lejía y desinfectante en todos los rincones de la casa.

Las primeras hormigas aparecieron en la superficie blanca de la bañera,

una decena escasa de hormigas de cabeza colorada,

portadoras de antenillas eréctiles y frenéticas, que correteaban errantes, delineando extrañas sendas invisibles.

A estas pioneras Miriam y yo las aplastamos con cierto encono, con escasa clemencia,

dejando postrados sus cuerpos diminutos en la loza, negro sobre blanco, muertes indoloras, rápidas.

No hicimos muchos comentarios al respecto, resultó divertido lo de exterminar a las hormigas,

un ejercicio que resolvimos juntas y que de nuevo nos volvía a unir.

A cualquier pareja lo que le anexiona es el acto en común, sea de la naturaleza que sea.

Ese mismo día, ya lo he dicho, Marcel se instaló en la mecedora.

 

Sus costumbres a partir de ese momento nos descolocaron.

Empezamos a verlo nítidamente, sin biombos ni celosías, Marcel sentado

en la mecedora, leyendo uno de sus libros y pensando. Siempre en la

misma esquina del salón, proyectando una aureola de enigmático sabio,

un halo de irrazonable misterio, Marcel lo observaba todo y al mismo

tiempo daba la sensación de que no estaba allí, sino en una morada ajena

a este mundo, distante del diminuto hábitat de nuestra casa. Parecía una

estatua, una minoría absoluta, el tótem votivo que está dispuesto a ser

venerado con el sacrificio ritual de una muchacha virgen. De vez en cuando

nos hablaba, no obstante, o respondía a algunas de nuestras preguntas, no

siempre, o meditaba en alto, afilando raciocinios difíciles de comprender

por lo intrincado de sus coherencias. Le dejamos ser tal cual era y le

acogimos entre nosotras como un flanco más de nuestro triángulo biográfico.

Su carácter era ese de ser paciente en la encrucijada, pero lo de las hormigas se convirtió en un asunto problemático y serio.

 

En la farmacia nos dijeron que con ese producto cualquier tipo de

insecto moría inexorablemente. Sus efectos estaban comprobados con

eficacia y que no existía lugar para las dudas. Compramos un arsenal,

material suficiente para que las dichosas no tuvieran opción de

reproducirse con tanta rapidez. Tomamos la determinación después de

comprobar que las hormigas estaban colonizando más puntos de la casa además de la bañera.

Ya no nos divertía fusilarlas, aplastarlas, abrasarlas, sabíamos que estos eran actos baldíos, prescindibles automatismos que no

conducían a ningún éxito sensato. Desfilaban en hileras en dirección a no

sé dónde, guardando el mismo respeto que unejército severo. Se estaban

diseminando en abundancia por todas las habitaciones, en la cocina

husmeaban el alimento y transportaban las minúsculas migajas hacia

donde quiera que se ocultaran sus mansiones principales. No fuimos

capaces de encontrar ningún agujero, ni caverna, ni hormiguero que las

alojara. Parecían haber surgido de la nada mágica del caos.

 

Reconozco que el problema se instaló en nuestra convivencia.

Rociamos de veneno cada rincón de las estancias pero los resultados no

fueron los esperados. Una especie de candor insensato multiplicaba a las

hormigas hasta el infinito, otorgando a las habitaciones una diáfana

sensación de vida, de movimiento continuo. La pasividad absoluta de

Marcel incrustado en su balancín contrastaba con el runrún activo de las

hormigas y este antagonismo nos crispó decididamente los nervios. Miriam

se envalentonaba en las disputas y me achacaba que el fracaso del

exterminio era por mi culpa. Yo también la culpabilizaba a ella de que el

sulfuro del veneno estuviera inundando la casa con un olor desapacible,

impropio de una vivienda civilizada, yo me voy si continúan así las cosas, la desafié una tarde.

Miriam me respondió lanzándome el jarrón donde se

alojaban mis flores favoritas, las orquídeas, una señal que comprendí

como un gesto belicoso, de estado de excepción, de inicio de una

contienda sin plazo fijo de término. No solo combatíamos contra las

hormigas, también luchábamos entre nosotras. Son estos los avatares

indispensables de una guerra. Pero no fui yo la que me marché de casa, soy

tan blanda que provengo del algodón, de ese material lacio con el que se

engendran las gelatinas. Me voy a ver a mis padres a Gante, me aseveró

ella, él está enfermo, a la vuelta me gustaría encontrar esto libre de

hormigas. Haz algo de una vez por mí. Demuéstrame que no eres una niña

y que vales para algo. Es por nuestro bien común.

 

Lo hizo. Adoro a Miriam porque sus ideas son de inmediato

hechos. Adoro a Miriam porque cuando se enfada le tiemblan las mejillas y

ganan un color demoníaco, casi absurdo. La adoro porque convierte mi

sufrimiento en una razón para seguir viviendo. De verdad que lo hizo. Se marchó.

 

Aunque las hormigas ya nos habían separado y dormíamos desde

unos días atrás en camas distintas, me sentí demediada con su marcha.

Igual que si me hubiera partido en dos un rayo diabólico, un rayo de

anatomía perfecta, el maldito rayo que cae una sola vez y te toca a ti.

Siempre creí en la muerte como una ausencia duradera y en el éxodo como

una breve muerte. Después de haber escuchado el portazo de su

estampida, miré desde la ventana y la vi esperando un taxi. Afuera llovía

como lo hace en esas tristes películas en que los amantes se separan, con

tristeza. Maldije a las hormigas y a Marcel en su conjunto. Le maldije en

bajo, para mí, como si estuviera rezando al demonio. Le maldije porque

solo él podía ser el causante de ese desbarajuste sentimental.

 

No me vine abajo, sin embargo. Si algo aprendí con el fenómeno

de las hormigas es que escondía conatos de fortaleza entre el cascarón de

mi debilidad. Quise gritar y no lo hice. Quise incendiar la casa y tampoco

lo hice. Cogí una silla y me senté enfrente de Marcel. Y nos miramos. Y

pude apreciar cómo él se sentía observado. Y pude comprobar que existían

en él deslices de vergüenza, recelos subterráneos que le impulsaban a

cerrar los párpados, el telón ocular que trabajosamente descendía como si

estuviera comprendiendo que yo lo sabía todo, que había llegado a

conclusiones veraces, y que conocía sus artimañas, sus objetivos, sus

mezquinas pretensiones. La culpa es solo tuya, le dije. Y me sentí cómoda,

tan gastada y vacía como una hucha en quiebra, lenta, enamorada.

 

Los días que pasamos Marcel y yo en esa casa desatendida de

preceptos y de costumbres fueron los más maravillosos de mi vida. No me

costó ningún trabajo asumir que él había llegado alli para enamorarme y

que las hormigas habían aparecido para que Miriam desapareciera. Las

piezas concordaban con una lógica de cemento y el cuerpo de Marcel se

ajustaba al mío como un mecanismo de relojería, como las fichas de un

puzzle que ansían la unión definitiva. Nos amamos a embestidas, pronto y

tarde, a todas horas, deseosos de derramarnos el uno en el cuerpo del otro.

Él quiso analizar mi piel y las manchas de desgana que me lo recorrían, yo

quise aprender de él el sentido de la felicidad plena, el significado de su

existencia, la razón por la que nosotros dos, él y yo, nos estábamos

queriendo tanto, sin consignas, sin horarios, lentamente, él y yo, nosotros,

Marcelo, el hombre hormiga y Estela, la mujer de las estrellas.

 

De los eclipses más vale no acordarse. Prefiero recordar a Marcelo

posando su mente en el techo, mientras se balanceaba rítmicamente en la

mecedora del salón. Prefiero recordarle desnudo, tumbado junto a mí, su

vientre plano, los muslos hinchados, su rostro de complacido amante

después de la tormenta amorosa. Supongo que Marcel encontró sus

propios límites. He de confiarte un secreto, me aseguró. No soy tal como tú

me imaginas. Tengo menos de etéreo de lo que me fabulas. Te quiero y eso

me basta. Te quiero aunque he de marcharme. Miriam está a punto de

regresar, no sé por qué lo sé pero lo sé. Me lo dijo mientras millares de

hormigas recorrían nuestra alcoba en común, las decenas de millones de

hormigas que ocupaban toda la habitación, con su crepitar de insecto

hacendoso, con su lento y continuo movimiento de ser insignificante, de ser

odiado. No fue un acto reflejo, ni un espejismo, ni nada relacionado con lo

alucinatorio, fue un acto constatado por mis ojos, por mis ojos pardos de

mujer endeble. Lo fui oyendo lentamente pero también lo vi, o lo vi mientras lo escuchaba,

el florecer armonioso de múltiples alas en las espaldas de cada hormiga,

de las centenas de millones y millones de hormigas que estaban en ese momento ocupando mi casa,

la casa de Miriam y mía, nuestra casa en común, la que hospiciaba nuestro pequeño y modesto

amor. Pude comprobar cómo Marcel se levantaba desnudo de la cama, de

nuestra fragata amorosa, y se vestía a cámara lenta, al ritmo de un tiempo

distinto, siguiendo el son de una melodía anacrónica, inusual, efímera.

Cuando terminó de vestirse abrió las ventanas, no solo la ventana de la

habitación en la que yo yacía desnuda y atónita, la habitación que había

sido suya en secreto, el cuarto en el que había estudiado con ignorado afán

las vicisitudes del tiempo, sino todas las ventanas de la casa, una casa que por vez primera se abría al mundo,

a la intemperie de la calle,al sol que reinaba el cielo con soberbia en esos precisos momentos,

acallando quizás para siempre el vocerío de la lluvia.

No fue una alucinación, lo juro, las hormigas se empezaron a arremolinar en un conjunto denso, oloroso,

y al unísono, se fueron levantando hacia los aires estancados de la casa,

tomando la dirección inevitable que les marcaban las ventanas abiertas.

Marcel cerró la puerta que me enclaustraba tras ella, y un poco más tarde escuché cómo la de salida también se cerraba.

No quiso retomar siquiera sus mínimas pertenencias.

 

Cuando Miriam me encontró tumbada y desnuda sobre la cama

no supo qué decirme. Ya se han marchado todos, sentencié. Y seguí con mi

cabeza bajo la almohada, pensando, soñando.

 


 

 


 

   


 

 



Ayuntamiento de Mazarrón.