XXIV Concurso de Cuentos “Villa de Mazarrón”
-Antonio Segado de l'Olmo 2008
LA ENFERMEDAD DE LAS NIÑAS
RUBIAS
IGNACIO BORGOÑÓS MARTÍNEZ
ACCÉSIT
El 11 de Julio de 2008,
el jurado del Concurso de
Cuentos
Villa de Mazarrón - Antonio
Segado del Olmo,
compuesto por Espido Freire,
Soren Peñalver,
Rafael García Castillo, Pedro
Soler Gómez,
Lola Gracia Martínez y José
María López Ballesta,
otorgaron el Accésit de la
vigésimocuarta edición
al cuento titulado La
enfermedad de las niñas rubias, de
Ignacio Borgoñós Martínez.
Ignacio Borgoñós Martínez nació
en
Cartagena, en 1975. Estudió
Geografía e Historia en la
Universidad de Murcia y un
Master en periodismo por
el Correo y la Universidad del
País Vasco. En la
actualidad trabaja en el
gabinete de prensa de los
Centros Tecnológicos de la
Región de Murcia.
También es columnista del
Diario La Opinión.
En su trayectoria recoge varios
premios,
entre los que destacan el
Premio Marcha Arte
Joven’98 del Ayuntamiento de
Cartagena, el Premio
Murcia Joven’99 de literatura,
Primer Premio en el V
Certamen Literario Ayuntamiento
de Benferri, etc.
Ha publicado varios libros
entre los que
citaremos Tríptico toledano. La
trilogía de Toledo,
Hotel Mandarache y Ánimos
sombríos, que ganó el
Premio Libro Murciano del Año
2006 en la categoría
de Narrativa.
LA ENFERMEDAD DE LAS NIÑAS
RUBIAS
Me di cuenta de ello en el
vuelo 3639 de Iberia rumbo al
aeropuerto de Venecia-Marco
Polo. Fue tan solo un instante, una mirada a
escondidas entre los pasajeros
mientras trataba de localizar a la azafata
para que se dejara ya de
repartir periódicos y me pusiera de una vez el
gintonic que le había pedido.
Ella no tendría más de dieciocho o diecinueve
años, era dueña de una melena
rubia muy tupida y llevaba la depravación
en la mirada solo conseguida
por las muchachas que se van a acostar con
un tipo muy torpe que utilizará
un kleenex la primera vez. Aunque lo de la
enfermedad de las niñas rubias
siempre ha estado mal visto y se ha llegado
a comparar con la superchería,
teniéndola por una creencia inculta que
resopla cada poco en los
departamentos de Arte de las universidades hacia
el aciago delta de su renuncia,
a mí siempre me llamó la atención ese
silencio y he dedicado toda mi
vida a su estudio: Siglo XX, un caso
contrastado. París, mayo de
1968. Helena Dolhain es encontrada muerta
en la bañera de su habitación
de hotel con las venas abiertas, como
queriendo parecerse mucho al
cuadro de Jacques-Louis David Muerte de
Marat, y con La náusea de
Jean-Paul Sartre reposando sobre el suelo del
baño. Siglo XVI, el caso más
famoso de todos, Florencia 1597. Isabelle
Fontebranda, la joven sirvienta
rubia del Palacio del conde Giovanni de
Bardi, aparta con sumo cuidado
un tapiz para ver la ópera desaparecida a
día de hoy Dafne, de Jacopo
Peri, representada en exclusiva para la
llamada Camerata Bardi,
compuesta solamente de florentinos ilustres
como Pietro Strozzi o Vicenzo
Galilei, y se quita la vida al clavarse una daga
en el pecho al final de la
misma. Así hay muchos casos más que han pasado
desapercibidos, casos de los
que nadie habla porque la belleza nos es
indiferente a todos, bueno, a
todos no. A mí no. Pero a quien le importa que
un profesor de Historia del
Arte de la Universidad de Murcia investigue
sobre la enfermedad de las
niñas rubias, un profesor divorciado de
cuarenta y nueve años que pasa
los fines de semana en Almansa en casa de
sus padres ancianos y que sale
a beber gintonics al bar del pueblo y lee
carteles que dicen cubalibre
tres euros o matrícula abierta para las clases
de baile en la casa de la
cultura. Claro que los alumnos de hoy en día
tampoco están interesados por
el estudio de la belleza en el Arte, sino que
prefieren dormirse en el aula
con la luz apagada, mientras les paso las
diapositivas y se las comento
sin demasiadas ganas, la verdad. Aunque
siempre está la típica Gema o
Lourditas que va y te hace un examen genial,
pero luego piensas que no la
tendrás como alumna el curso que viene, que
ella se preparará unas
oposiciones para dar clases en cualquier instituto y
que luego le llegarán también a
ella los gintonics y le ocurrirá lo del
divorcio. Por eso, cuando vi a
esa niña rubia subida en el avión, ya no volví
a pensar más en Mariemi o en
los chicos, ni siquiera en alumnas que se
llaman Gema o Lourditas, y de
repente ya no me importaba que mis hijos
no quisieran ir a cenar con sus
abuelos a Almansa cada Navidad, el
momento aquél en que Mariemi se
quitó el anillo de casada y lo tiró contra
el suelo, o la azafata que me
negó el gintonic, aludiendo que hasta que no
alcanzáramos los treinta mil
pies de altura no se servirían bebidas. Ella,
como era previsible, se pasó
todo el viaje mirando las nubes, hiriendo sus
ojos con un azul celeste
inigualable. Si acaso albergué alguna duda sobre
si aquél podía ser un caso de
esa extraña enfermedad que acaba con las
niñas rubias, se disipó ya en
Venecia, cuando todos fuimos a recoger
nuestros equipajes y ella, que
viajaba sin maletas, tan sólo recogió un
enorme perro galgo, que es un
perro como muy imperial y majestuoso,
haciéndole salir de su jaula de
viaje y poniéndole el collar, mientras los
agentes de policía comprobaban
que todo estaba correcto en la cartilla
veterinaria. Ella se puso gafas
de sol y salió con su perro galgo buscando un
taxi que la llevara hasta algún
lugar donde pudiera coger el vaporetto.
Decidí seguirla confiando en
una corazonada, en que fuera una de esas
niñas de las que nadie habla
cuando mueren, porque hacen de sus
suicidios las consecuencias
últimas de unas vidas vacías, cuando en
realidad es la belleza quien
las enferma y las induce a no querer continuar
después de haber presenciado
algo, digámoslo así, sublime. Mientras mi
taxi seguía al suyo, saqué de
la bolsa de viaje un cuaderno para anotar:
parece ansiosa por ver El Gran
Canal. Una vez mi padre me sorprendió
escribiendo la tesis doctoral
sobre la enfermedad de las niñas rubias en su
casa de Almansa. Recordé que
vino por detrás, sigiloso y muy encorvado
sobre su bastón. Al leer algo
de lo que tenía escrito en el portátil, salió de la
oscuridad y me dijo que lo que
hacía yo no era de hombres, que escribir
sobre Arte era de maricones.
Claro que él no sabe que hay cincuenta y dos
posibles casos donde la
enfermedad se ha manifestado a lo largo de la
Historia, alcanzando su mayor
virulencia precisamente en la Antigüedad
Clásica y en el Renacimiento,
picos coincidentes con las épocas de mayor
esplendor artístico. Lo que
nunca pensé una vez embocadas las ultimas
paginas de mi tesis, era que yo
mismo fuera a encontrarme con un caso,
que supiera reconocerlo y que,
además, estuviera en disposición de
recabar toda la información que
iba surgiendo en un cuaderno de
anotaciones. En Murcia no lo
saben, mis hijos no lo saben, ni mis padres,
pero si he viajado tanto en los
últimos años ha sido porque tenía la vaga
esperanza de encontrar algún
caso. Mariemi sí lo sabía, por eso se
divorció, asoció lo de las
niñas rubias con el adulterio y es posible que se
sintiera verdaderamente
engañada al atender a mis justificaciones
academicistas e investigadoras.
Siempre selecciono cuidadosamente el
lugar, que debe ser lo
suficientemente bello como para hacer enfermar y,
aunque eso podría darse en
cualquier rincón, los principales casos han
aparecido en las ciudades que
eligió el Arte para posarse sobre ellas. Algo
de eso ha escrito el profesor
Jean-Loup Gerome en su maravilloso ensayo
Le beau, que quiere decir Lo
bello, auténtica Biblia para los estudiosos de la
enfermedad y único testimonio
donde se recogen por escrito casos
concretos como el de una niña
griega, que según recoge Gerome
bebiendo de los cronistas de la
época clásica, enfermó súbitamente y sin
remedio en el siglo V a.C. al
entrar por sorpresa en la escuela broncista de
Argos y contemplar el resultado
de los trabajos llevados a cabo por Mirón
de Eleuterios, el que más tarde
adquiriría fama internacional con su
original actualmente perdido
del Discóbolo. También está el caso Lesseps
en el XIX. Los amantes de la
Historia, y de Egipto en concreto, recordarán al
diplomático francés Ferdinand
de Lesseps como el ideólogo que retomó el
proyecto del Canal de Suez; en
cambio para el profesor Gerome es sólo el
diplomático que acogió a una
joven francesa amiga de la acaudalada
familia Lesseps tras aceptar,
sin mucho convencimiento debido a las
tensiones propias del lugar,
las intenciones referidas en la carta que le hizo
llegar hasta Egipto la propia
mademoiselle Broteaux, con su piel blanca, su
melena rubia y su extremada
juventud ávida de nuevas conquistas y
descubrimientos personales,
donde expresaba el deseo de conocer aquel
país africano y, aprovechándose
de las influencias familiares, logró que
Ferdinand aceptara recibirla en
el consulado y tenerla viviendo consigo por
espacio de dos meses, los
cuales no pudo disfrutar porque enseguida abrió
el compartimento secreto de su
sortija y bebió un veneno mortal al saberse
afectada por la enfermedad de
las niñas rubias. Eso ocurrió al día siguiente
de su llegada a Egipto cuando,
subida al amanecer en una de las atalayas
más elevadas de la ciudad,
contempló por vez primera las cúpulas de
piedra y los alminares de El
Cairo fatimí, mientras el almuédano llamaba a
la oración con unas palabras
para ella tan desconocidas como bellas.
Claro que el ensayo de Gerome
no es total, una vez recogidos los casos y
habiendo trazado magistralmente
sus descripciones, se adentra en la
confusa fluctuación de intentar
presentar unas conclusiones dignas, quizás
porque las propias limitaciones
del especialista así lo dicten, precisando
apoyarse entonces en los
conocimientos de la rama sanitaria, dejando
huérfana -por ejemplo- la
respuesta a la pregunta ¿por qué precisamente a
las niñas rubias? Yo, que como
profesor de Historia del Arte tampoco
conozco la respuesta desde el
punto de vista científico, lo que sí me atrevo a
postular en la tesis es una
explicación de carácter artístico. Ataca a las niñas
rubias porque lo bello llama a
lo bello y, entre el género humano, solo una
mujer de estas características
puede acercarse al ideal de belleza,
provocando la concomitancia
sensorial, el entendimiento pleno. Así que
sólo ellas comprenden, sólo
ellas puedan apreciar en su totalidad lo
sublime, siendo en determinados
casos la permeabilidad tal que supera los
límites tolerables y es cuando
se desata la enfermedad y el afán de querer
morir allí y entonces. Mariemi
en cambio es morena, mis padres no tienen
estudios y mis hijos, que
podrían haber sido mi última esperanza de
comprensión, odian entrar a los
museos. Ella en cambio no, ella se registró
en el Excelsior Palace y comió
en su restaurante con vistas antes de salir al encuentro de Palladio,Giambattista Tiepolo, de Santa Maria della Salute o
de un paseo en góndola junto
con su perro galgo por el Gran Canal. Yo
viajé también mucho con Mariemi
y con los niños, siempre atento a las
melenas rubias que se volteaban
en cada esquina, pero no hubo suerte.
Tuvo que ser allí en Venecia,
arrastrando por toda la ciudad mi bolsa de
viaje, sin oportunidad de
registrarme en el hotel que había reservado hace
varios meses, persiguiendo por
iglesias y puentes a quien yo creía una
enferma, colocándome a una
distancia prudencial para no ser
sorprendido, escribiendo en mi
cuaderno de anotaciones frases como:
mostró cara de placer en la
Galería de la Academia frente a La tempestad
de Giorgione, se secó una
lagrima en San Sebastiano frente a la tumba de
El Veronés y sus coloridas
obras, se puso ambas manos sobre el corazón al
contemplar ese enorme lienzo
conocido como El Paraíso de Tintoretto en la
Sala del Consejo Mayor del
Palacio de los Dux; muestras todas ellas de una
infección terminal. Recuerdo
que una vez estuve a punto de perderla de
vista cuando decidió hacer cola
para entrar en la basílica de San Marcos
porque, llegado mi turno, no me
dejaron pasar con la bolsa de viaje. Hasta
entonces no lo había pensado,
pero era muy probable que si aquella niña
rubia estaba infectada y había
elegido la ciudad de Venecia para morir,
que lo hiciera allí en San
Marcos. Por eso me apresuré a dejar la bolsa en
una taquilla habilitada en un
edificio cercano, conforme recomiendan las
indicaciones para turistas, y
volví a la basílica apartando viajeros inmersos
en su distracción y recreo en
tomo a la Piazza, para intentar descubrirla
entre los cientos de personas
allí convocadas. Por suerte la encontré
sentada en un banco, con la
mirada perdida en el techo, mientras atendía
a las explicaciones en español
de una estudiante Erasmus sobre la cúpula
central, también conocida como
la de la Ascensión, con sus mosaicos de
principios del siglo XIII. Su
expresión era placentera y sonriente, anoté en mi
cuaderno, la misma expresión
que, según el brillante ensayo del profesor
Jean-Loup Gerome, se le
atribuyó al morir a lady Elizabeth Liston, duquesa
de Devonshire, cuando hacia
1792 viajó a Italia para ocultar un
nacimiento ilegítimo,
pereciendo nada más contemplar la fastuosa Santa
Maria dei Fiori, muerte por
otro lado comúnmente atribuida a un aborto
mal atendido que la hizo
desangrarse, pero que bien podría haber sido a
causa de la enfermedad de las
niñas rubias, pues la duquesa sin duda
despertaba grandes pasiones
entre los hombres por sus atributos físicos,
entre los que se encontraba una
importante melena rubia, como se puede
comprobar en el retrato de lady
Elizabeth que consiguió incluir Gerome en
su manual. A la salida de San
Marcos, ella desató de una farola a su perro
galgo y continuó incansable
recorriendo la ciudad de puente en puente,
probándose las máscaras
tradicionales en cada puesto o bebiendo Spritz
junto a algunos galantes
muchachos italianos que acariciaban a su perro
galgo mientras la adulaban con
palabras. Las luces de la tarde
comenzaban a decaer, pero eso
no implicaba una reducción del número
de turistas que atestaban
Venecia. A Mariemi tampoco le gustaban los
turistas, ella nunca entendió
ese afán de los hombres por visitar lo
desconocido, lo que han oído
decir que es bello y lejano, por eso
protestaba por el número tan
elevado de viajes que hacíamos cada año y
en una cafetería del aeropuerto
de Orly, entre sandwiches y zumo de
naranja, me dijo aquello de que
si no tenía suficiente con todos los países
en los que habíamos estado, que
si no sería mejor pasar unos días en casa
de mis padres en Almansa. Por
el contrario, aquella muchacha parecía
flotar entre el bullicio como
si estuviera viviendo en la música de Antonio
Vivaldi, nunca la vi perder su
sonrisa si exceptuamos cuando ante la antigua
residencia de Peggy Guggenheim entendió
que se había hecho ya
demasiado tarde para entrar a
contemplar las obras de la colección
privada de arte que amasó esta
mecenas estadounidense, porque la
galería anunció que cerraría
sus puertas en breves momentos, así que ante
la negativa a poder contemplar
los trabajos de Jackson Pollock y Max Ernst
allí reunidos, tuvo que
conformarse con utilizar el servicio de cafetería en los jardines del museo,mientras asistía a una puesta de sol reconfortante y
hablaba con un negro que al
principio parecía querer venderle un bolso de
imitación y que terminó por
aceptar su dinero junto a un trozo de papel
donde ella le había escrito
algo. Como no quería contribuir a la idea
devastadora de poder perderla
de vista, renuncié a prolongar la
conversación que mantenía con
Mariemi a través del móvil, le dije que sí,
que no había problema en subir
la pensión que le pasaba a los chicos, que
ya lo pondría en conocimiento
de mi abogado, aunque eso supusiera
comenzar a vivir con
estrecheces, dejar de viajar o tener que volver a pedirle
dinero a mi padre, asumiendo el
fracaso de mis cuarenta y nueve años. Al
poco, con la llegada de la
noche, ella se sentó junto al Gran Canal para
mojar allí sus pies descalzos,
en compañía de su perro galgo. No había
tensión, sino intuición de
rocío y pereza en el reflejo de sus ojos. Entonces
fue cuando presentí que se
acercaba el final, que si me mantenía alerta iba
a ser testigo de cómo la
enfermedad de las niñas rubias desataba su azote
tan temido para quienes no
podían comprender lo de placentero que había
en esa muerte. Recuerdo que
Mariemi no lo entendió, tiró su anillo de
casada contra el suelo cuando
traté de explicarle, pero ella solo oía la
palabra mujeres y la palabra
muertas. Me preguntó si andaba metido en
algún asunto sucio, que ya se
lo había advertido mi padre cuando le dijo
que yo estudiaba rarezas, que a
ver si me podía meter un buen polvo para
que no me volviera maricón del
todo. Por eso ya no seguí explicándole más
a Mariemi y fue cuando escuché
aquel ruido de su anillo golpeando contra
el suelo, que es como suena un
matrimonio roto. Del placer salió de
repente, se puso en pie y se
adentró en la noche veneciana, que es una
noche con reflejos temblorosos
de luz en los canales. Al menos durante una
hora estuvo en la explanada que
antecede a la estación de tren jugando a
despistar a su perro galgo,
corriendo por las escalinatas delante de él,
escondiéndose tras los
maceteros o en un pequeño parterre para
desorientarlo, hasta que su
melena rubia desapareció entre los callejones
aprovechando que el perro se
había echado para que lo manosearan unos
turistas, confiado en que ella
ya había dado por finalizado el juego. Lo
cierto es que se movía por el
laberinto de calles con soltura y que, cuando
pasaron unos minutos, yo
también me di cuenta de que el animal ya no la
seguía, que en cualquier otro
lado de la isla habría un galgo olfateando
entre las esquinas. Recuerdo
que una vez, cuando Mariemi y los niños
todavía vivían conmigo, la
pequeña me pidió un perro. Yo le expliqué que
era muy sacrificado y que
ensuciaría la casa. Entonces la pequeña dijo que
me odiaba, que yo ya no era su
padre. Esa solvencia o rebeldía también la
tenía aquella noche ella, mi
enferma, cuando se adentró de nuevo en la
espiral turística como si fuera
en busca de una tragedia veneciana de las
que narró Shakespeare. Aunque
no era Othelo, desde las angosturas de
una calle ciega se le apareció
el mismo negro del palacio-museo Peggy
Guggenheim con una gran bolsa
de basura donde escondía sus bolsos de
imitación. Citaba nombres de
varios países para ubicarla, mezclados con
afamadas firmas de la mercancía
que llevaba, entre los que se
encontraban Prada o Louis
Vuitton, pero a ella no le interesaban hasta que
de la misma calle ciega vio
salir a varios negros más, con sus miradas tristes
de recién llegados a Europa. Se
acercó a uno de ellos, al más alto, una
estatua de ébano a cuyo oído
susurró algo. El grupo lo abandonó allí
especulando sobre si la
muchacha quería bolsos o sexo, porque
inmediatamente la pareja se
adentró en la oscuridad. Desde la distancia yo
no podía ver bien, así que me
acerqué, pero aún así lo único que pude
distinguir fue un billete a
cambio de nada o un beso muy caro. El hombre se
abrazaba a la niña rubia,
trataba de besarla otra vez, pero ella se apartó, le
acarició la cara mientras
negaba con la cabeza. Entonces recordé que,
según el manual de Gerome,
todas las afectadas por la enfermedad
habían muerto doncellas, aquel
rechazo encajaba, metía de lleno a la
muchacha en el perfil que
estaba buscando. Ella volvió a salir a la luz y
continuó su camino hacia Strada
Nova. Tardé unos segundos en
percatarme de que ahora llevaba
una mochila al hombro, una muy pesada
porque mostraba dificultades
para transportarla. Lo que más me
desconcertó fue su destino,
pareció alcanzar un lugar ansiado cuando llegó
al Puente de Rialto,
colocándose justo en el centro, apoyándose en él para
contemplar el espectáculo fascinante
de los palacios de agua y luz
temblando en las estelas que
dejaban a su paso las lanchas y los
transbordadores por el Gran
Canal anochecido. No sabría calcular cuanto
tiempo estuvo así, el
suficiente sin duda para dejar su retina rasgada de
belleza, el preciso para
provocar la desaceleración del turismo hasta
reducirlo a unos caminantes
esporádicos, a las parejas que buscaban el
regreso a sus hoteles para
hacerse el amor. Precisamente eso es lo que me
molestaba de Mariemi, que no
mostrara emoción por nosotros ni cuando
estábamos en las principales
capitales, donde todas las parejas de turistas
se hacen el amor. Ella salió de
su ensimismamiento de repente,
recuperando mi atención, que
ocultó tras un recodo del Palazzo del
Camerlenghi, intentaba recordar
entre las páginas del manual de Jean-
Loup Gerome alguna muerte
contemplativa, porque sabía que esa niña
rubia había elegido Rialto para
morir. Sí, y yo no hice nada por evitarlo. La
muchacha empezó a maniobrar y,
aunque no podía distinguir bien lo que
hacía desde mi posición, creo
que sacó de la mochila un trozo de cuerda y
que comenzó a rodear su tobillo
en espiral hacia la rodilla. En cuanto tuve
la certeza salí de mi
ocultación, ya daba igual que me viera, ya estaba
muerta incluso antes de
encaramarse a la barandilla, antes de anudar bien
la mochila al otro extremo y
arrojarla al Gran Canal para que, tras el ruido
que hicieron las piedras
encerradas dentro de la mochila contra el agua, la
cuerda se tensara arrastrando a
la muchacha hacia los canales de Venecia,
hacia un fondo de fango que
validaba todas las hipótesis de Jean-Loup
Gerome contra el academicismo.
Sólo recuerdo de esos instantes mi
carrera por el puente, el
rostro de un estúpido perro galgo olfateando el
Mercado de Rialto y mi grito
desesperado intentando que ella me dijera su
nombre para apuntarlo en mi
cuaderno de notas, donde sólo pude escribir
inútilmente: murió sonriéndome,
pero sin confesarme como se llamaba,
"Stat rasa pristina
nomine, nomina nuda tenemus "1, que decía el monje
benedictino del siglo XII,
Bernardo Morliacense, en De contemptu mimdi.
Alguien dio la voz de alarma,
enseguida llegaron los carabinieri con sus
lanchas, llegó el buzo que sacó
a la ahogada, pero yo ya había regresado a
mi escondite del Palazzo del
Camerlenghi, para observarlo todo desde allí
como un asesino protegido por
las paredes de Venecia. Había fracasado
en mi matrimonio, la vida no
tenía un interés exagerado, pero yo siempre
supe que aquella enfermedad existía.
1"Stat rosa pristina
nomine, nomina nuda tenemus". Que significa, "De la primitiva rosa
sólo nos queda su
nombre, tenemos nombres
desnudos" recogida de la obra Del desprecio del mundo, de Bernardo
Morliacense y que hizo famosa
Umberto Eco al final de su novela El nombre de la rosa.